Ahora un caballo de color níspero, trae dos cajas llenas de arena del arroyo de Palenquito. Febrero arde bajo los guásimos y los mangos quemados del verano. Y los muchachos con pala en mano, sacan la arena gris del agua.

El caballo suple ahora el viaje de tres hombres con latas de arena al hombro. Y el día se colma con treinta cajas de arena, para “hacer el día”, dice Librada, veterana arenera del pueblo. Hacer el día cuesta cien mil pesos. De eso vive todo Palenquito.  De vender arena para las construcciones en Mahates y pueblos cercanos al Canal del Dique.

Temprano hemos llegado a Palenquito, un corregimiento que está a la entrada de Palenque, a dos pasos de la carretera. Tiene agua y luz, pero todo eso fue una larga batalla. Palenquito parece estar fuera del mapa de la memoria oficial. En el limbo de la esperanza.

Allí el tiempo fluye en patios que mueren en una tierra dura, reseca y con altibajos, al pie de un arroyo que es una lengua delgada de agua terrosa y amarillenta que arrastra una arena gris y plateada, una arena que no deja de fluir debajo del agua, y es la esperanza de todo un pueblo.  Pero cuando llega el invierno, ese arroyo se desborda como un animal sediento que muerde las orillas.

El tiempo fluye en la mirada de las gallinas y los cerdos y en las hojas doradas de los mangos, y en la piel de bronce de los tamboreros viejos y en la garganta milagrosa de las cantadoras.

A veces el agua arrastra la voz de Petrona Martínez, que vivía de vender arena y hacer cocadas, mientras cantaba lavando la ropa o sacando arena. Allí vivió más de treinta años desde que salió de San Cayetano, y en ese patio enorme que muere en el arroyo, compuso las mejores canciones, entre ellas, La vida vale la pena, que le mereció un Grammy Latino. Librada le decía: “Oye, Petrona, le has compuesto a todo, menos a los areneros“. Y Petrona empezó a apuntar en un cuaderno los nombres de todos sus vecinos que eran areneros como ella, y los metió en una canción.

Tras ellos hemos ido en esta mañana de febrero, preguntando por cada uno de ellos que Petrona nombra en la canción. Pero la historia de Palenquito es una crónica poderosa que abarca unas vidas diversas, más allá de Petrona.

Y la vida de Petrona es una historia que no puede contarse sin hablar de Palenquito. Y cuando entramos a las casas de sus vecinos, el nombre de Petrona ilumina los patios, y resplandece incluso en la conmovedora soledad del cuadrado de tierra inmensa y plana que era su casa bajo el remanso de sus mangos sembrados.

Guillo Valencia, su eterno tamborero, vecino y cómplice, un artista más allá de sus tambores, es un escritor y un músico enraizado en los mitos de todo Mahates, y para nombrarlos sin excluir a nadie, ha preferido que todo lo suyo ocurra en un lugar mítico: Lamba, en donde trabajó alguna vez Petrona. Librada Mendoza Silgado, ya olvidó el año de su nacimiento, pero no olvida su fecha: 6 de enero, dejó de contar los años desde que cumplió 65, porque ahora quiere cumplirle una cita con la esperanza, en medio de la pobreza.

Recuerda a su hermana menor: Petronita que decía llevando la lata de arena en la cabeza, “esta arena me va a matar”, y la arena la mató, con un tumor en la cabeza. Librada dice que una lata de arena costaba 25 centavos.

Hoy, seis metros cúbicos de arena, valen 100 mil pesos. Petrona Martínez, la cantadora, animaba a sus vecinos a sacar la arena porque “la vida vale la pena”, y Enrique Llerena, su marido, que era ordeñador, sentía que no había nacido para sacar arena sino para ordeñar. Petrona cantaba sola sus bullerengues. Desde que se fue de aquí, dice Librada, Petrona no ha podido componer nada.

Toda su música está en el aire y la tierra de Palenquito. Desde que se fue de Palenquito se enfermó de todo. “Yo he perdido todo, me mataron un hijo, pero nada me impide seguir en la tierra donde he vivido toda la vida”, dice Librada. “Petrona me nombra muchas veces en su canción. A veces cuando escucho esa canción, se me encoge el corazón y me pongo a llorar”.

Petrona iba con su palangana de cocadas blancas y negras a venderlas a los niños del Instituto Educativo Industrial de Malagana, sede de Palenquito. Petrona siempre me decía que me iba a sorprender. Y la sorpresa era la canción en la que nos metió a todos en Palenquito. Aquí hay cuadrillas de treinta areneros que madrugan a sacar arena, o esperan que baje el sol. Hay una cuadrilla que trabaja a las 6 de la tarde hasta las 8 de la noche, hay otros de 10 a 12 de la noche. Otra cuadrilla empieza a las 6 de la madrugada hasta poco antes de que se encienda el sol de las 10 de la mañana.

Bajo el sol es imposible sacar arena. Recuerdo que cuando no había luz, hacíamos unos mechones de gas en potes de leche Klim y bajábamos al arroyo a sacar arena. Todo era a pulso, al hombro y en la cabeza. José Manuel se tiraba los galones de arena al hombro. Ahora están sus sobrinos. El arroyo tiene cuatro brazos que nacen en los Montes de María.

Está el arroyo Songo, Ají Molido, Arroyo de Toro, el Arroyo de Palenquito y Palenque, todos estos brazos de agua van a morir en el Canal del Dique. “Aquí hemos vivido felices, a pesar de la pobreza, nunca nos faltó nada, porque hemos vivido como una sola familia: Gloria Salas, César Jiménez, Chamy Figueroa Salas, Julio Payares, Betilda, Silvia, entre otros“.

Yo creí que Petrona y yo íbamos a morir juntas, pero se fue a Arjona. Uno no sabe qué le depara el destino. Pero yo no salgo de aquí, solo con los pies palante, cuando me vayan a enterrar. Aquí no hay tala de árboles. Es una tierra de aguas. Cuando alguien se enferma, hay que correr al puesto de salud de Malagana que está en mal estado.

Es un pueblo de beisbolistas, futbolistas, atletas, músicos y artistas en la sombra. Los jóvenes no tienen oportunidades de nada en medio de la pobreza, solo la amenaza de la droga, el billar y la cantina cercana. El picó fue prohibido en toda Malagana desde hace cuatro años. “La política no ha estado a la altura”, dice Librada, sirviendo el café del día.

Epílogo
César Jiménez, otro veterano arenero, dice que los tiempos han cambiado, y hoy los caballos arrean la arena de Palenquito. Dice que Petrona iba a sacar arena con toda su familia: Enrique, Aracelis, Alvarito, la Niña, con todos sus vecinos. Así como lo dice la canción. “A veces, la arena no nos daba ni para comer nada. Pasábamos el día a punta de tinto”, dice Librada. Ahora estamos mirando la inmensa soledad del patio de Petrona, y Guillo me señala donde estaba la casa y el lugar exacto donde compuso la canción. Cruzamos por la sombra de los mangos Bolita de Chivo, Pecho de Paloma, Chuchita, Papaya, y Mangos de Puerco, y escuchamos el sordo rumor del agua con sus arenas grises y plateadas. Librada tiene los ojos brillantes de tanto ver y recordar.

Créditos/Texto: Gustavo Tatis/ El Universal, Cartagena. 

Créditos/Foto: El Universal, Cartagena. 

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